Serra de Tramuntana

El relieve de Mallorca: la Serra de Tramuntana

Hay apenas treinta minutos en coche desde el aeropuerto de Palma de Mallorca hasta el pueblo de Port de Soller, el lugar donde me alojo. Los edificios ya empiezan a escasear ante la aparición de las llanuras agrícolas, y puedo ver como el macizo montañoso de la Serra de Tramuntana se va erigiendo ante mis ojos. Tras pasar por dos túneles, llego al pueblo de Port de Soller, situado a lo largo de una gran bahía en forma de cuenco.

El primer día en la isla es algo fresco, el cielo sigue tapado, pero el airecillo me hace desconectar del calor que hubo en Barcelona durante los últimos días. Hoy me dirijo hacia Sa Calobra. Para llegar hasta ahí tomo una pequeña carretera de montaña de tan solo catorce kilómetros de longitud que es, en sí, toda una aventura: la carretera se traza a lo largo de algunos puentes, atraviesa gargantas y ofrece unas vistas espectaculares. El Nus de sa Corbata (o Nudo de la Corbata), una curva de 270°, donde la carretera pasa por debajo de sí misma, es el punto más conocido de toda la ruta. Al final del trayecto se halla Sa Calobra, compuesta por dos calas: en una de ellas se puede encontrar una gran variedad de restaurantes, mientras que la otra, a la que se puede llegar a pie pasando por dos túneles, lleva a la desembocadura del torrente. Aquí descubro una playa rodeada de acantilados blancos, cuya orilla se abre ante un mar azul puro.

La siguiente parada es la Cala Tuent, el lugar donde se ha grabado el anuncio de Estrella Damm de este año. Es una playa de arena que se estira en el medio de un terreno rocoso, rodeada de pinos tupidos. El ambiente hoy está tranquilo gracias a la ausencia de turistas.

Como colofón para este primer día, visito el Monasterio de Lluc, situado a mayor altitud, en el centro de un hermoso valle rodeado de acantilados calcáreos y de bosques. Antes de volver a Port de Soller, paso también por los pueblos de Caimari y Orient.

Al día siguiente, visito los jardines de Alfabia, un escenario vegetal exuberante, donde el recital musical de las fuentes se mezcla con el de los pájaros. Después de esta visita, sigo la carretera de Escorles, flanqueada por naranjos y olivos, para llegar a Banyalbufar, la villa medieval conocida por sus uvas y las colinas contiguas dispuestas en forma de terrazas de cultivo que desembocan en el mar. Banyalbufar, además, también tiene su propia cala, oculta detrás de la grava y los peñascos. El paisaje del alrededor de la villa es sublime y, para disfrutar de este magnífico panorama, me quedo a desayunar en el Son Tomás, donde pruebo el gató de almendras, el dulce típico de Mallorca. La carretera que bordea la costa ofrece unas bonitas vistas, de manera que hago una última parada de camino a la Cala Estellencs, una cala escondida entre altos acantilados de arcilla roja y rodeada de pinos.

El sábado es el día para visitar Soller. La gran plaza y la majestuosa iglesia, los árboles, las terrazas de café y las montañas que le rodean hacen que sea una de las zonas más bonitas de la isla. Las estrechas calles del pueblo están repletas de tiendas y de casas tradicionales, mientras que la antigua estación de tren se corona como el principal punto de encuentro entre los turistas y los residentes.

Esta región del noroeste de Mallorca, de orografía abrupta, ha sabido preservar su exquisita autenticidad. En el camino, algo llama mi atención: se trata de un edificio, algo parecido a un monasterio, que está recubierto de flores. Me acerco y descubro que se trata del restaurante Son Bleda, un remanso de paz donde me quedo a disfrutar del almuerzo en medio de este fabuloso paisaje.

Tomo la MA10 para continuar mi ruta, esta vez a lo largo de la espina dorsal de la Serra de Tramuntana, donde se posa una retahíla de cabos salvajes y pueblecillos pintorescos. Deià, la ciudad de los artistas, tiene esa imagen digna de retratar en una postal. Hay más visitantes que locales aunque, alrededor de la iglesia o en el umbral de sus propias casas, algunas señoras salen a vender sus mermeladas artesanas de naranja y de limón. Deià cuenta también con una playa rocosa.

Después de una parada en el mirador de Sa Foradada, voy rumbo al Port de Valldemossa. Yo que pensaba que ya había recorrido la parte más dura del camino, me encuentro con una carretera aún más tortuosa, más estrecha y de mayor pendiente, por la que tengo que seguir durante los próximos seis kilómetros a fin de llegar al Port de Valldemosa.

En cuanto recupero el aliento, acabo la escapada de hoy con un paseo por Valldemossa, un lugar conocido por haber sido la residencia de los ilustres George Sand y Frédéric Chopin, entre otros. Al pie de la ciudad, se ven las laberínticas calles adoquinadas, las casas de piedra con balcones ornados de flores, los jardines salvajes o cultivados… Los jardines están todos entrelazados y, de vez en cuando, algún que otro rebaño de cabras o de ovejas los invade. Debo mencionar, sobre todo, que desde que se levanta la brisa, el perfumado olor de la flor de azahar inunda el ambiente por doquier.

El Port de Soller ¡es aún más bonito en un día soleado que cuando no hace bueno! Me quedan apenas unas horas en esta región mallorquina, colmada de olivos, de naranjos, de calas turquesas y de pueblos pintorescos.

Antes de ir al aeropuerto, hago una última parada a Fornalutx, el pueblo que muchos mallorquines califican como el más bonito de la isla. Las casas de piedra de Fornalutx tienen los tejados rojos y sus calles peatonales, construidas en distintos niveles, llevan hacia los huertos que se divisan en la lejanía. Muchas de estas calles están adoquinadas, aunque también hay caminos secundarios cubiertos de hierba.

La estampa de la Serra de Tramuntana es exquisita. Las iglesias, los monasterios, los faros, las torres de vigilancia, las fuentes, los estanques, los olivos, los naranjos, los limoneros, los viñedos… hacen de este lugar un sublime balcón al Mediterráneo y un paraíso para los excursionistas. ¡No es de extrañar que, en el 2011, la UNESCO lo haya reconocido como Patrimonio Mundial de la Humanidad!

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