Ibiza, los tesoros de la Isla blanca

Ibiza, esa isla tan reconocida por su vida nocturna, su ambiente festivo y sus numerosas discotecas que atraen al mundo entero… Pero lo cierto es que, aún sabiendo eso, en ningún momento dudé de que en este archipiélago de las Baleares también iba a encontrar magníficos lugares naturales bien preservados, repletos de calas preciosas y rincones apacibles.

Tengo que decir que sentí una gran curiosidad por las discotecas y me hacía ilusión ir a alguna de ellas. Tuve la oportunidad de estar en el Ushuaïa, uno de los lugares más emblemáticos de los años 2010. El local cuenta con una pista de baile exterior al borde de la piscina y un brillante escenario para los DJs. Además, se puede asistir a unos shows espectaculares y bailar al ritmo del tecno o del tecno-house. Para mí, ¡la experiencia fue todo un éxito!

No obstante, Ibiza no se limita a los estruendosos locales nocturnos. Estas legendarias discotecas se concentran en algunas zonas concretas de la isla y, de hecho, sólo funcionan durante la temporada alta. Lejos de estos clichés turísticos, Ibiza cultiva los secretos de su auténtico encanto, el arte de vivir balearmente.

Hoy me lanzo a recorrer la vieja ciudad en Dalt Vila, uno de los imprescindibles barrios a visitar. Durante el día, es maravilloso pasear por las tiendecillas, mientras que por la noche se puede apreciar como el ambiente empieza a animarse en toda esta gran diversidad de bares. El municipio de Ibiza es ideal para el turismo cultural y eso puede observarse en la riqueza histórica de este barrio, que ha sido declarado Patrimonio Mundial de la UNESCO. Desde las murallas de Dalt Vila, puedo admirar la magnífica vista sobre toda la ciudad y las incontables casas vestidas de un blanco luminoso. He aquí la razón por la cual Ibiza se conoce como la isla blanca.

El coche no es imprescindible en Ibiza, pero sería una lástima no aventurarse por las carreteras del corazón de la isla. Es así como descubro la parte más rural y estos pueblecillos situados entre los campos de romero, de enebro y de pinos. Ibiza  aún conserva zonas con una naturaleza muy salvaje, donde el turismo no ha llegado y donde tampoco se ha construido demasiado. En estos lugares, la gente ha optado por un modo de vida más sosegado, más distendido. Con los años, muchos hippies, artistas, escultores y músicos han ido trayendo aquí sus maletas y algunos de ellos incluso han conseguido que sus obras puedan admirarse en las galerías del pueblo en el que viven.

A lo largo de la costa ibicenca, abierta sobre las aguas turquesas del Mediterráneo, hay una multitud de tesoros esperando a ser descubiertos, empezando por las calitas encadenadas una detrás de otra, a cada cual más intimista. Aquí estamos lejos de la agitación de las grandes playas y de la fiesta de Ibiza. Os mencionaría alguno de estos lugares, pero dejaré que lo descubráis vosotros mismos.

Comienzo a explorar la costa oeste, empezando por la Cala Comte. El lugar es sublime, pues la cala ofrece unas magníficas vistas hacia los islotes rocosos de enfrente y toda ella está rodeada por un agua cristalina. A continuación, encontramos la Cala Tarida, la Cala Vedella (donde la playa es más familiar), y la Cala d’Hort y su misterioso peñasco, un buen sitio para sentarse a comer y relajarse.

Es Cubells, situado al pie de los impresionantes acantilados típicos de esta zona, está compuesto por tres calas que se separan mediante formaciones rocosas. Las playas están cubiertas por un estrato de guijarros y los tesoros que esconden sus fondos rocosos han convertido esta zona en un lugar ideal para los amantes del buceo. Además, ¡el agua es tan clara que parece que hasta te invite a darte un baño! A continuación, siguiendo con la ruta, llego ante las célebres salinas de Ibiza, donde se puede hacer una pequeña parada en la playa de Ses Salinas y la de Es Cavallet, dos lugares situados en un medio natural protegido y que cuenta con un sistema de dunas de gran valor ecológico.

Al día siguiente, de regreso a Sant Antoni de Portmany, me dirijo hacia la Cala Gració, un lugar muy frecuentado por los residentes de la zona, que se encuentra encajado entre dos peñascos promontorios y un bosque de sabinas y pinos. Justo encima de Sant Antoni se encuentra la Cala Salada, un lugar que me roba el corazón. Se puede llegar allí fácilmente, a pesar de la pendiente y la sinuosidad de la carretera. Esta playa tiene una cala grande y otra más pequeña (Cala Saladeta), que están separadas mediante acantilados rocosos. Sus aguas cristalinas forman una piscina natural esplendorosa que al verla ¡lo único que apetece es tirarse al agua! Más al sur, la Cala Mastella, con su pequeño embarcadero, parece un lugar más apacible.

Hay otras calas a las que sólo se puede acceder por mar o tras una larga caminata. ¡Habrá que volver! Tampoco os olvidéis de probar el postre típico de Ibiza: la greixonera, una especie de pudin perfumado en canela… ¡Delicioso!

La greixonera

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