Ópera en el Gran Teatro del Liceo

El Gran Teatro del Liceo, situado en la famosa Rambla de Barcelona, puede pasar fácilmente desapercibido; de hecho, en muchas ocasiones pasé por delante sin darme cuenta. La fachada exterior del edificio es bastante modesta y no refleja la inmensa grandeza que hay detrás de la puerta, en el interior. Entro en el enorme vestíbulo, decorado con grandes columnas, y continúo por la gran escalera de mármol que, a su vez, me lleva hasta el anfiteatro y el Salón de los Espejos. Este salón es el lugar donde los espectadores salen durante el entreacto y aprovechan la pequeña pausa para tomar una copa de cava o de champán.

Lucia di Lammermoor, la obra de Donizetti, está a punto de empezar. Vuelvo a mi butaca en el palco, en el primer piso de la que es una de las salas de ópera más grandes de toda Europa, pues tiene un aforo de 2.292 personas. La magnitud del lugar se refleja en su decoración: molduras de yeso doradas, lámparas con su característica forma de dragón y tulipas de cristal… Además, la omnipresencia del color rojo y la belleza del techo acentúan el estilo suntuoso de este gran teatro.

Se apagan las luces y la orquestra anuncia la apertura del drama trágico. En el seno de dos familias enemigas, Lucía y Edgardo luchan por una unión imposible, mientras que el amor y la muerte marcan el compás de esta ópera. Habrá que esperar hasta el tercer acto para ver la extensa y conocida «escena de la locura», donde la protagonista se desvanece: éste es el descenso hacia el infierno, el infierno de la locura… Lucía se encierra en sí misma para huir de los hombres que atormentan su realidad. Aún recuerdo su interpretación y su voz. Y, ante su inmensa desesperación, me siento algo vulnerable, aunque no puedo sino reconocer que la fábula trágica de Donizetti me ha conquistado.

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